En 2010, Erik Verlinde publicó un artículo en el que sostenía que la gravedad es una fuerza emergente. Nace de la entropía, es decir, de cómo se distribuye la información por las superficies, o pantallas holográficas, en sus palabras.
Fue una bomba silenciosa. Si Verlinde tiene razón, de las cuatro fuerzas fundamentales quedan tres. La cuarta, la que mantiene unido el sistema solar y hace caer las manzanas, resulta ser termodinámica: se desprende de la manera en que se redistribuye la información.
Me acordé de ello en 2020, cuando salió el artículo de Vitaly Vanchurin (arXiv, 2020; la continuación con Katsnelson y Koonin apareció en PNAS en 2022). Su afirmación va más lejos: el universo es una red neuronal, y del formalismo, en los límites adecuados, se derivan la mecánica cuántica (aprendizaje rápido) y la gravedad (aprendizaje lento).
Dos artículos independientes, separados por diez años, dicen lo mismo con palabras distintas.
Qué une estas ideas
Si la gravedad es la manera en que el universo procesa la información, y el universo es una red neuronal, entonces la gravedad es la arquitectura de conexiones de esa red. Así queda el cuadro cuando se toman en serio las dos premisas.
Un nodo, aquí, es un punto de cómputo, y las estrellas y galaxias son el aspecto que esos nodos tienen para nosotros. Las aristas entre nodos llevan ancho de banda y flujo de información, y lo que sentimos como peso es un gradiente en la densidad de esas conexiones.
Suena a metafísica, lo sé. Pero tanto Verlinde como Vanchurin tienen ecuaciones detrás del cuadro, y de ellas salen las mismas leyes que los físicos llevan cien años calibrando con observaciones.
Dónde está la especulación
No lo considero demostrado, aunque sí coherente: dos equipos distintos llegaron cada uno por su lado a un cuadro estructuralmente igual, en el que la materia, la gravedad y el comportamiento cuántico son los pisos de arriba y la dinámica de la información es el cimiento.
En mi preprint, Pointer Architecture, bajo un nivel más: construyo un sustrato discreto en el que la información, los commits y los observadores son primarios, y compruebo qué es capaz de reproducir. En un horizonte de de Sitter, una construcción holográfica sobre ese sustrato reproduce la estimación estándar de la energía oscura dentro de un factor de alrededor de 0,73, un resultado conocido contado en el lenguaje del sustrato. Eso queda lejos de una prueba; es un instrumento de verificación, con falsadores escritos de antemano.
Por qué importa
Si la cuarta fuerza resulta ser termodinámica, toda la cuestión de qué une los objetos del universo deja de ser mecánica y pasa a ser informacional. La consecuencia es técnica: junto a masas y distancias, las ecuaciones empiezan a admitir entropía, entrelazamiento y capacidad de información.
La materia oscura podría resultar entonces una conexión que falta, una parte de la arquitectura que hemos buscado en forma de masa porque nadie esperaba encontrar información allí.
Aún no tenemos una teoría completa. Lo que tenemos es una grieta en una pared tras la cual quizá se levanta otro edificio.
