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6 de agosto de 2024·3 min

Unidad y multiplicidad: por qué no hay paradoja

Lo individual y lo conectado son dos características de un mismo sistema. Veamos por qué.

Un viejo dilema filosófico: ¿cómo puede existir la individualidad si todo en el universo está conectado? O al revés: ¿de dónde sale la conexión si cada objeto es único? Suele escenificarse como una paradoja. En el plano técnico son, sencillamente, dos características de un mismo sistema.

Mostraré cómo se descompone.

Teoría de la información integrada: dos números

Ya en 1998, Giulio Tononi y Gerald Edelman describieron la consciencia mediante dos propiedades, integración y diferenciación. Más tarde Tononi las reunió en una sola medida, Φ (fi), la información integrada, pero para nuestra pregunta conviene separarlas de nuevo.

El primer número es la integración, que escribiré como Φ. Indica cuánto se comporta un sistema como un todo único.

El segundo es la diversidad de estados que el sistema puede adoptar. Llamémosla D. Indica cuántas configuraciones distinguibles es capaz de sostener.

Son magnitudes distintas, y hacen falta las dos.

Un Φ alto con un D bajo da un monolito como un cristal: cohesionado pero monótono, el mismo estado repetido por todas partes.

Un D alto con un Φ bajo da un montón de arena: muchas partes, cada una en su estado, sin vínculo con las vecinas; variado, pero informe.

La consciencia vive donde los dos números son altos: hay muchos estados, y todos están unidos en una sola experiencia.

Qué significa esto para la unidad y la multiplicidad

Las dos características se complementan: la unidad se mide con Φ, la multiplicidad con D.

El ser humano es un sistema de Φ bastante alto (el mundo se vive como un todo) y D altísimo (miles de pensamientos, sentimientos y percepciones distinguibles al día).

Una colmena, siguiendo la lógica de la teoría, está más integrada que una abeja aislada y menos que un cerebro humano, mientras que la diversidad de sus estados es enorme: miles de abejas, cada una en su estado. Nadie puede medirlo todavía.

La Tierra como biosfera viva quizá esté aún más arriba en ambos ejes. No hay cifras precisas: medir el Φ de sistemas así exigiría instrumentos que aún no existen.

Dónde se pone a prueba

En sistemas pequeños, Φ puede estimarse de forma aproximada; Tononi, Boly, Massimini y Koch repasan esos intentos (Nature Reviews Neuroscience, 2016). Una medida derivada, el índice de complejidad perturbacional (PCI), ya se usa en la clínica para evaluar el nivel de consciencia de pacientes que no responden (Casali et al., Science Translational Medicine, 2013). El PCI distingue la vigilia del sueño, de la anestesia y del estado vegetativo.

Es decir, la magnitud puede estimarse en la práctica, aunque sea de forma aproximada. El cálculo exacto es imposible; el aproximado funciona.

En este modelo, el dilema filosófico de "unidad o multiplicidad" se convierte en una pregunta de ingeniería: ¿cuáles son el Φ y el D de este sistema? Cada sistema ocupa su lugar en el plano (Φ, D), y la discusión termina ahí.

Qué sigue abierto

¿Por qué la integración va acompañada de una experiencia vivida desde dentro? Es el problema difícil de la consciencia de David Chalmers. La teoría registra el vínculo entre Φ y la consciencia, pero no explica por qué una integración alta se siente como algo.

Chalmers no dice que no haya respuesta. Dice que ninguna cantidad de datos sobre Φ responderá a por qué un Φ alto es como algo desde dentro. La pregunta sigue abierta, y ahí pasa el límite de lo que sabemos.

Conclusión práctica

Cuando alguien diga "todo es uno, todo está conectado", pídale que concrete: ¿en qué sentido y con qué Φ? Un Φ alto significa un sistema cohesionado en el que cada parte lleva información sobre el todo. Un Φ bajo con un D alto significa un conjunto cuyas conexiones son más imaginadas que reales.

Es teoría de grafos aplicada a la conectividad, y no necesita mística.

La unidad y la multiplicidad son dos coordenadas. La única pregunta es en qué punto de ese plano estamos.

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