Nuevo: la biblioteca en línea.·Leer

← Ensayos
29 de agosto de 2024·3 min

El equilibrio como régimen

En el esoterismo, el "equilibrio de opuestos" sigue siendo abstracto; en biología y en teoría de control es un mecanismo que funciona.

En la literatura popular, la palabra "equilibrio" suele significar que hay que equilibrar trabajo y descanso, razón y emoción, lo masculino y lo femenino. Suena bien y no explica nada. El equilibrio es un régimen: el sistema entra en él, se sale y vuelve, una y otra vez. No se puede uno detener dentro; solo se puede vivir en él.

En ingeniería, eso se llama retroalimentación.

Homeostasis: ingeniería dentro del cuerpo

En 1865, Claude Bernard lo formuló con claridad: el medio interno del organismo se mantiene constante a pesar de los cambios de fuera. Hoy conocemos las cifras. La temperatura del cuerpo ronda los 37 °C, medio grado arriba o abajo; el pH de la sangre, entre 7,35 y 7,45; la glucosa, en un corredor de 4 a 6 mmol/L.

El cuerpo no "encuentra el equilibrio" para quedarse quieto en él. Esas cifras las sostienen decenas de bucles de retroalimentación que miden las desviaciones y las corrigen sin descanso: si la temperatura baja, llegan los escalofríos y la vasoconstricción; si sube, el sudor y la vasodilatación; si sube la glucosa, se libera insulina; si baja, glucagón.

Lo que tenemos delante es un sistema con regulador, con punto de consigna, sensores y efectores, y la "armonía de opuestos" no tiene nada que ver. Cuando la regulación falla, como en la diabetes, no queda ninguna "sabiduría interior" de reserva: hay que poner insulina y vigilar el azúcar desde fuera.

Cibernética: lo mismo para cualquier sistema

Norbert Wiener (MIT, Cybernetics, 1948) mostró que todo sistema con retroalimentación negativa se comporta igual: mide la desviación, aplica la corrección y vuelve al punto de consigna. Las mismas matemáticas describen un termostato, el latido del corazón, un precio de mercado y la oposición política que estabiliza el poder.

El equilibrio, entonces, se describe por la dinámica del regreso. El estado de un sistema lo dan la frecuencia con que vuelve, la amplitud de sus desviaciones y el retardo de su respuesta.

Una retroalimentación demasiado rápida hace oscilar el sistema, como una grúa que se balancea; una demasiado lenta lo deja a la deriva, como un régimen político abandonado a su suerte. Todo lo interesante ocurre en la franja estrecha entre esos extremos.

Qué significa para una persona

De aquí salen dos cosas.

Primera: equilibrio quiere decir regreso. Un sistema que nunca se desvía está muerto, porque no tiene nada que estabilizar. La vida es, por definición, una sucesión de desviaciones y regresos, y la estabilidad se mide por la capacidad de amortiguar las oscilaciones.

Segunda: sistemas distintos se regulan a velocidades distintas. La temperatura del cuerpo se regula en segundos, el peso en meses, el estado psicológico en cualquier escala entre minutos y años, y confundir esas velocidades es el origen de la mayoría de los errores. Intentar arreglar una depresión en un día funciona tan mal como calentar la casa con un termómetro.

Hasta dónde llegan las pruebas

En biología, la homeostasis es una propiedad de ingeniería medible. En psicología, el "equilibrio emocional" tiene correlatos neurológicos (la corteza prefrontal modula el sistema límbico), pero un modelo cibernético preciso apenas empieza a tomar forma. En los sistemas sociales todo es aún más borroso.

El principio es el mismo en todas partes: retroalimentación con la constante de tiempo adecuada. Donde la hay, hay estabilidad; donde falta, tarde o temprano llega la catástrofe.

"Equilibrio de opuestos" es una forma poética de decir "régimen estable con bucles de retroalimentación bien ajustados". La versión poética se recuerda mejor. La de ingeniería funciona.

homeostasiscibernéticaequilibrio